Dime qué te cuentas y te diré qué decides

Desde el principio de los tiempos el ser humano ha pasado mucho más tiempo hablándose internamente que hablando con sus semejantes, o no semejantes; porque le hablamos a todo; a los animales, a las plantas, al cielo, al mar… Aunque la mayoría de las veces no hablemos con los vecinos.

Preguntándome en silencio ¿existe la auto-persuasión? me he atrevido a responderme: apenas existe otra manera de convencernos que no sea nuestro discurso interno, incluso cuando nos dan argumentos convincentes y en los que creemos, terminamos filtrándoles a nuestros valores, criterios y formas de ver la vida. Es normal que el discurso interno sea efectivo en la autoinfluencia, no tiene competencia, a no ser que se padezca una especie de esquizofrenia y tengamos varios discursos internos a la vez en disputa, o seamos muy indecisos y vayamos viendo las cosas de un lado u otro por momentos. Decimos que alguien tiene las ideas claras cuando dispone de un discurso interno único, aunque seguro tendrá afluentes diversos, todos vierten en el río principal. Además el discurso interno es directo, no hay canales de comunicación con ruido, el emisor y el receptor es la misma persona, y también es autocorregible, cuando te dices una idea de la que no estás absolutamente convencido vas buscando otra que te encaje mejor y aparece el convencimiento, también porque no podemos vivir con el desconvencimiento.

Si bien el discurso interno cuenta con la ventaja de apenas tener competencia, a su vez tiene desventajas, tendemos a estar convencidos siempre de las mismas cosas, y si ya estamos convencidos ¿cómo entra la relatividad, la duda, el contraste, el otro, lo diferente?, la manera es entrar en discusión con nosotros mismos, cuestionarnos, hacernos preguntas, pero no las de siempre, otras. Esta incomodidad tendemos a evitarla.

En definitiva, lo que me estoy preguntando es: ¿podemos manipular nuestro discurso interno? La respuesta es claramente sí, de hecho no hacemos otra cosa, hagamos lo que hagamos en la mayoría de las ocasiones nos damos la razón. Parece como si estuviéramos atrapados en un discurso interno circular, recurrente, predecible. En definitiva, ¿para que queremos manipular nuestro discurso interno? Se me ocurre que lo podríamos hacer para favorecer nuestra manera de enfrentarnos a un nuevo reto, para adaptarnos a relaciones sociales diferentes a las habituales o encontrar un sentido diferente a aquello que siempre le damos el mismo sentido, para auto-aprender más y mejor de nosotros mismos. Hay preguntas que tienen mucho que ver con el cambio, con disponer de una percepción diferente a la habitual, como si nos pusiéramos unas gafas que destacan otros aspectos del entorno, que lo van cambiando de luz y de color… “¿Por qué no?” es una gran auto-pregunta que intenta sacarnos del no, de la desgana, de la cerrazón… En definitiva es un reto, si la pregunta la entendiéramos de forma literal daríamos mil razones de por que no, porque tenemos cierta adicción a lo negativo, pero la entendemos como un acicate para que aparezcan iniciativas. Todas las expresiones, también las preguntas, cuando nos la repetimos en cantidades considerables pasan a formar parte de nuestra rutina, hábito, de nuestra manera de actuar. Otra pregunta que favorece diversificar el discurso interno es: “¿Qué pasaría si?” que nos permite contemplar otros escenarios, oportunidades diferentes. Imagínate que te preguntas ¿qué pasaría si hoy lunes vivo el día como si fuera viernes? Es probable que algún compañero de oficina dude que has desayunado cereales, pero tu vas a ser mucho más feliz y efectivo.

A mi personalmente me gusta preguntarme: “¿Qué hay en la cara oculta de…? ¿Un argumento, una noticia, el sistema financiero, los valores corporativos…?” Un discurso interno plagado de preguntas nos hace estar más activos, más conscientes de lo que sabemos y de lo que no, aunque tengo que decir que a veces el discurso interno es muy atrevido y da respuestas… Y algunas puede ser que no nos gusten demasiado, sean o no ciertas, es como que soporta fatal la incertidumbre, las ideas sin redondear y acabar, y sobre todo que le gusta llevar razón, quizá porque no sabe si la lleva o no.

Dándole algunas vueltas me pregunto: ¿qué características tienen que tener el discurso interno para llevarnos a la acción?, ¿cómo nos persuade de inmediato? Creo que una de las maneras es dándonos ordenes, cuando internamente aparece una voz seca, dura, que dice: “vale ya!!” paramos lo que estamos haciendo, pero si aparece: ¡vamos! ¡vamos!, que es lo que le pasa a Rafa Nadal, nos predisponemos para la acción, para ganar. ¿Por qué el equipo de rugby (All Blacks) de Nueva Zelanda hace el ritual de la Haka (ritual de guerra mahorí) antes de empezar un partido? Para convencerse que tienen el valor de darlo todo en el campo.

¿Por qué existe el grito de guerra, las proclamas…?

Hace unos días me comentó un adolescente que se había pasado las fiestas de su pueblo diciéndose: “¡¡¡Estamos activos!!!” La repetición unas veces tenía tono de pregunta, a la que los demás solían responder “estamos activos!!!” Otras veces forma de afirmación “Estamos activos”!!! el resultado fue que apenas pudo dormir, porque estaba activo.

En mi caso probé la expresión: “¡¡¿Estamos Activos?!!” en una convención de compañía con casi 300 personas (quizá el número, que suena a espartanos, ayudó). Al inicio se unieron algunos al juego, lo repetí a la mitad de la intervención  y se  sumaron casi todos, y cuando lo utilicé al final se convirtió en un auténtico gripo de guerra.

Moraleja, elige que cuestionarte porque te reportará beneficios o no, elige tus gritos de guerra, esos que son sustitutos del café o de bebidas isotónicas, y practica la esquizofrenia interna, es una enfermedad que puede darte perspectivas, ideas y respuestas. ¿Esto habrá sido así desde el inicio de los tiempos?

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