El momento más “blanco”

Nerviosismo ponente

Miraba y no veía nada. Se transformó en el temblor de su pecho, la rigidez de sus piernas, el calor de sus orejas, la respiración sin aire… La nada en su cerebro, sólo el miedo a ser llamado para subir al estrado.

Arrepentimiento por no haberse aprendido bien lo que quiere contar, arrepentimiento por haber accedido a aquel suplicio, por no haber decidido de joven que tendría un trabajo en el que resultara imposible hablar delante de más de 4 personas.

Intentar relajarse y sólo escuchar el latido alarmante de su corazón, intentar concentrarse en lo que va a contar y no encontrar nada en su cabeza. Mirar desesperado las notas porque si los mensajes no están en la cabeza sólo están en los papeles, en el ordenador, ¿qué pasaría si te robaran los papeles? ¿y si el ordenador no funcionase? ¿o no se pudiera proyectar el PowerPoint? En ese caso, después del sudor frío, prefiero un tiro en la nuca. Eso sí, con silenciador para ser lo más discreto posible.

Una confesión, sólo puedo concentrarme si aprieto los isquiones y pienso en la cara de mi hijo como si me estuviera viendo, o en la de mi mujer, pero mejor vuelvo a la cara de mi hijo. Y pienso justo en lo que me dijo antes de salir de casa: “Papá, eres mi héroe”, claro que sí, “en cuanto recupere la conciencia”

Pensé en las veces anteriores, pero era incapaz de concentrarme en ellas, en qué pasó, como si todo este circuito de angustia no aportara datos, casi como si no hubiera habido veces anteriores. Mientras subía al escenario, miré al público, esbocé mi mejor sonrisa y empecé hablar.

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