Empezar es siempre lo menos fácil

Desde el principio de los tiempos el ser humano ha querido interactuar con su entorno para sacarle partido, para obtener alguna utilidad. El tema siempre es cómo empezar, en actividades dependientes del sistema primario no es difícil, es lo que te diga (o mejor, lo que haga) el instinto reflejo, nadie se plantea cómo espantarse una mosca de la cara, como caminar o comerse un plátano … (Es más, si lo pensamos mucho corremos el riesgo de accidentarnos). Nos hacemos muchos planteamientos cuando se trata de interacción en la que tiene que intervenir nuestro sistema racional. ¿Cómo comenzamos una conversación con un desconocido, con el jefe, con el cliente…?:

  • ¡Hola!
  • ¡Hola!

A priori la sensación es: “estoy, pero no sé si quiero estar”, también puede ser que apenas tenga que interactuar con la persona que me acabo de encontrar, con un “hola” ya he cumplido. El tema es, ¿qué hay alrededor del “hola” inicial? Lo que hay son miles de factores. Supongamos que los del “hola” son una pareja de adolescentes de 16 años, detrás del “hola” hay una ebullición hormonal que hace que la gramática de la interacción pase a ser algo secundario. Sin embargo, imaginemos que es una reunión con el jefe o con el colaborador, en realidad es una mera excusa para entrar al tema que nos ocupa, sería algo así como: “Hola, ¿por qué aún no se ha terminado el proyecto?…” Todo estará en función de la “musicalidad” del “hola”; los hay muy secos, que adelantan conflicto y los hay melódicos que dan pie a una relación agradable. Luego está mi amigo Juan que cuando le digo: “hola” contesta “holo” y eso nunca he sabido que significa.

Un “hola” no da demasiadas pistas, mejor cuando se alarga un poquito:

Hola, buenos días, ¿cómo estás?

“Hola” no es más que una manifestación externa de un cuerpo que habla, de un cuerpo que ha vivenciado sensaciones internas, provistas de opiniones y argumentos que provocan un estado de ánimo y un estado de opinión que inicia el cruce con nuestro interlocutor a través del “hola”, y que reflejará en esa expresión, puesto que es una conducta externa, una parte de los avatares internos. De esta forma no resulta difícil descubrir si nuestro interlocutor el del “hola” está cansado, feliz, triste, preocupado… y en función de esto que vemos nuestro “hola” sale habitualmente en la misma sintonía. Sólo en los niños, muy poco educados en los convencionalismos podemos apreciar escenas de “hola” en la que uno llora y el otro está radiante de felicidad, y sólo en los primeros instantes luego la corrigen hacía la parte negativa casi siempre. En adultos normales, de una forma automática (por entrenamiento en el convencionalismo, o porque tenemos más desarrolladas las neuronas espejo) nos situamos en la misma onda emocional de nuestro interlocutor.

“Hola” en la mayoría de las ocasiones es una excusa, sirve para marcar un tono en el que interactuar, de hecho es una palabra de la que no está muy clara su etimología y su procedencia, quién lo iba decir con lo que la utilizamos.

En las situaciones de interacción solemos centrar el foco en el qué, en el tema sobre el que vamos a hablar, ahí fijamos nuestros planteamientos, esfuerzos y recursos… Y nos olvidamos un poco de las formas, de la estrategia de comunicación, del verdadero objetivo que perseguimos… El “hola” inicial tiene una transcendencia que no le damos. Ese “hola” inicial refleja el abanico de emociones que entrarán en juego y se convertirán en un primer “posicionamiento” desde el que se desarrollará la interacción.

El inicio siempre es lo menos fácil porque no ubicamos bien el objetivo que tiene, porque es un medio y nunca un fin, porque las posibilidades son múltiples, porque el nivel de conciencia que tenemos sobre los inicios, cómo lo hemos hecho otras veces, al ser emocionales, es muy poca y porque en definitiva desconocemos cuál será el posicionamiento de arranque de nuestro/s interlocutor/es.

¿Qué objetivo tiene decir “hola”? En la mayoría de las ocasiones, (cuando no se trata de que nos acabamos de cruzar a alguien por el pasillo), es marcar una disposición emocional; tensión, agradabilidad, amabilidad, formalidad…Es el primer intercambio, yo lanzo mi “hola” con la disposición emocional (sonrisa, seriedad, altivez, serenidad…) y observo (o siento) la respuesta y en función de esta empieza el juego. Cuando el inicio se basa en emociones positivas o de cercanía es más probable que ese juego al que me refiero sea constructivo. Las emociones negativas llevan a los desacuerdos.

El principio de la conexión en la interacción se basa en la aceptación del otro, del grupo, del auditorio. La aceptación es la base para construir, para sumar y si se realiza de forma innovadora, para multiplicar.

Los comienzos no son fáciles, (tampoco en las situaciones de comunicación), y quizá el sitio donde menos es en las situaciones de exposición en público. A veces la tensión es tal que el cerebro racional, el de los esquemas, ideas… se queda totalmente inhibido, bloqueado. El sistema emocional no da paso al racional hasta que no resuelve positivamente su batalla, ¿pero cómo sentirse seguro ante mucha gente, totalmente expuesto, vulnerable…? Se necesita un tiempo de adaptación, de ajuste… ¿Qué podemos hacer para incrementar los niveles de control emocional y así de seguridad?

Durante los últimos 10 años he preparado y entrenado a directivos para sus exposiciones en público, hemos trabajado la estrategia de comunicación, el formato y los contenidos y hemos ensayado… Con toda esta experiencia una de las pocas respuestas eficaces a cómo ganar seguridad es: “hacer automático el mensaje durante la fase en la que dependemos del sistema emocional” o de otra manera “tener tan automatizados los 3 primeros minutos de intervención que no requieran recursos al sistema racional porque aún no está encendido. Una vez transcurridos los 2-3 primeros minutos, si la interacción con el auditorio es positiva, que lo será, provocará en nosotros emociones positivas que activarán las áreas del sistema racional para tomar conciencia y dominio de los contenidos.

Como consejo, preparemos el cuerpo antes de empezar la exposición; respiración, postura, predisposición y cuando comencemos apoyémonos en el discurso “masticado” que hemos ensayado, es lo que nos dará la seguridad, energía e ilusión para que la comunicación fluya y sea eficiente.

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