He conocido a Humphrey Bogart

Han pasado veinte minutos de presentación, todo ha ido fantástico, te has sentido bien, convencido, asertivo… Estás haciendo el cierre, ya casi te ves fuera del salón de actos, sólo, llamando a tu pareja para decirla “Cariño, un éxito”, de hecho ya sientes los nervios del final y se te empieza a notar una sonrisilla en la cara.

Acabas de abrir el turno de ruegos y preguntas con la clara intención de que nadie pregunte. Es en ese momento cuando levanta la mano alguien que has visto asentir o disentir, porque no estaba claro… Tú internamente le has estado llamando Humphrey Bogart, por ese aire de interesante, noctámbulo y gris. Es como si su boca y sus palabras fueran por caminos diferentes o quizá tu mente no quiere entender la pregunta que te acaba de hacer: “No estoy de acuerdo con nada de lo que nos acaba de contar, ¿podría resumirme, a ver si le entiendo, cuáles son sus fundamentos? Gracias”.

Diez segundos más tarde de lo normal cambias la sonrisa por una mirada de polietileno, luego por la del olor a la comida podrida y terminas dándote cuenta que todos los demás asistentes te están mirando y que vas a tener que responder.. Aquí normalizas tu expresión acompañándote de un pequeño carraspeo.

Curiosamente ahora quien dibuja una sonrisa en su boca es Humphrey (por cierto, ¡le queda fatal!). Retomas la parte central del escenario, miras a todo el auditorio y explicas en que consiste el principio de aceptación: “El principio de la comunicación es la aceptación, si alguien durante un discurso mantiene un pensamiento interno de reproche, negación u oposición da igual lo que digamos, no vamos a ser escuchados, analizados… Simplemente nos negarán la mayor”. Y dicho esto, dirigiéndose a Humphrey: “¿Le importaría decirnos cuáles son las ideas con las que no está de acuerdo? Muchas gracias”.

Humphrey da sus razones, pero desde que empieza vemos que ese camino puede llevarnos a un enfrentamiento directo. Decides preguntar a todo el grupo quienes son aquellos que piensan igual, que levanten la mano. Afortunadamente nadie lo hace. Agradeces una pregunta normal de alguien del fondo y le dedicas todo tu cariño, todo tu tiempo… Tanto que estás a punto de extenderte más de la cuenta.

Alguien conocido te hace una seña y con todo tu cariño te despides. Has llegado a la otra orilla.

Es el momento de llamar a tu pareja:

– Hola Cariño, he conocido a Humphrey Bogart.

– ¿Y qué te ha parecido?

– Pues bajito y retorcido, creo que lleva mal que no le dejen fumar en sitios públicos.

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