Huyendo del frío… Me puse en forma

Desde el principio de los tiempos el hombre ha huido del dolor, primero físico y cuando empezó a disfrutar de pequeños placeres, también probó y rehuyó del dolor psicológico. Podemos hacer las cosas buscando el placer, mientras lo hacemos en nuestra cara se dibuja una sonrisa, pero también nos ponemos en marcha cuando el padecimiento del dolor está cerca o la probabilidad de sufrirlo es alta, en estas ocasiones nuestra cara no dibuja ninguna sonrisa, más bien miedo o sucedáneos del miedo; preocupación, desasosiego, angustia… En función de cómo sea el estímulo negativo con el que estamos a punto de impactar.

Huimos mientras permanece la amenaza física o psicológica, cuando esta se evapora dejamos de actuar, por esto podríamos decir que es una fórmula a corto plazo, a no ser que la amenaza se empeñe en permanecer y siga siendo amenaza.

En general su efectividad es cortoplacista, algunas veces instantánea, a un estímulo (te levando la mano ) una respuesta (agachas la cabeza). Sin embargo, mantener la amenaza supone una altísima inversión en energía, en niveles de alerta, en abandonar cualquier otra actividad, es por esto que los padres amenazamos a nuestros hijos, y al rato se nos olvida. Para que la amenaza o el castigo sea efectivo a medio y largo plazo es necesario desplazar la amenaza desde el castigo físico y/o material a castigos más pensados, reflexionados, más psicológicos. Como dice mi amigo Antonio el peor castigo es “el látigo de la indiferencia”, sobre todo si te lo aplica una persona que realmente te importa.

Durante siglos el ser humano ha aprendido que alimentos, que animales, que geografía evitar para seguir sobreviviendo. Eran aprendizajes que se iban grabando muy poco a poco en el cerebro durante generaciones. En la actualidad sigue habiendo amenazas que por globales y por tanto lejanas no disparan nuestra conducta, por ejemplo, el cambio climático es una gran amenaza sobre la que apenas estamos haciendo nada. Después de estar siglos respondiendo a amenazas inmediatas no somos capaces de ver las del medio y largo plazo y por tanto no responde nuestra conducta.

La tecnología actual supone muchísimas ventajas, pero ¿tiene amenazas? Prever es muy complicado, tanto ventajas como amenazas, aunque en mi opinión es un poco más fácil identificar las amenazas, estamos más entrenados. Os contaré una situación que presencié hace unos días desde la ventana de mi despacho. Una mujer apareció en el patio interior con su bebe de unos cinco meses en brazos. La madre estuvo paseando al bebe durante al menos 30 minutos y más del 95% de este tiempo estuvo centrada en la pantalla de su smartphone. Las bases del desarrollo afectivo se fundamentan en esas fases donde la interacción es puro cerebro emocional y reflejo, porque el racional aún tardará en despertar. Un cerebro entrenado en la interacción emocional es un cerebro conectado a las relaciones  (cuyas bases o soportes inevitables para la interacción sana y normal son los sentimientos y emociones). Y mientras sigamos siendo seres sociales, con un fuerte sentimiento de pertenencia, empatizar con los demás es de vital importancia. Los bebés tienen una capacidad de atracción para los humanos increíble, tenemos una tendencia natural, seamos familiares o no a quedarnos mirándolos sin tener noción del tiempo. Es algo parecido a lo que nos pasa con el fuego, o la música de Vangelis… ¿Qué habría en la pantalla de aquel smartphone que superase la capacidad de atracción de su propio hijo? y ¿qué hábitos había tenido el bebé desde su nacimiento que no protestó, lloró, ni nada de nada? ¿Le habría venido bien otra pantalla de smartphone?

La amenaza puede ser una estrategia de persuasión en el sentido que, podemos amenazar porque nos sale de dentro, pero también de forma premeditada, organizada y dirigida. Seguramente el efecto no es el mismo, disponer de método es siempre más eficiente. Si nuestro argumento para influir en la conducta de nuestro interlocutor se dirige a destacar que el castigo que recibirá si no realiza la conducta que le solicitamos es algo que sabemos que le importa verdaderamente, sobre lo que incluso ya se había hecho ilusiones, que además es difícil que obtenga un sucedáneo o sustituto en otro sitio, es muy probable que consigamos el objetivo que pretendemos.

La “amenaza” como estrategia de persuasión se ha utilizado en el mundo comercial muy a menudo: “Este es el último artículo, mientras se lo piensa vendrá otro cliente y se lo llevará y entonces no será suyo, no lo podrá disfrutar, se sentirá mal mientras otro que se lo merece menos que usted estará feliz de tenerlo…” También los dichos han atendido a esta estrategia “el miedo cuida la viña”, y las madres también: “no estudies, eh!, tú no estudies… Que luego se lo diré a tu padre”.

Como todo argumento, su efectividad, la capacidad de mover el comportamiento de nuestro interlocutor, depende más del cómo lo decimos que de qué decimos. Sus bases emocionales, las que lo hacen creíble son la seguridad, la firmeza, la rabia, Emociones que facilitan que el receptor no tenga la menor duda sobre el castigo que ofrecemos, a no ser que haga lo que se le pide.

Hay realidades que se convierten en amenazas que te pueden perseguir durante años. En la época de los años 60-70 en España, en zonas rurales y de escasez surgieron muchísimos estudiantes, que en cierta manera protagonizaron el cambio social. La mayoría de ellos en realidad huía de la vida que veía que hacían sus padres; trabajar de sol a sol, en invierno pasando frío y en verano un calor insoportable, esa realidad les convirtió en estudiantes brillantes a una gran parte de ellos. Claro como en España estamos más orgullosos de la casta que del esfuerzo los de ciudad les llamaron “desertores del arado”, apelativo cariñoso donde los haya. Esta realidad no era una estrategia planificada por nadie, creo… Sin embargo, nos hace ver una realidad de la persuasión, que siempre intentamos satisfacer una necesidad, y que nos aplicaremos más en conseguirla si nos hacen ver las desagracias que evitaremos, de esta manera los obstáculos a superar se convierten en retos y energía motivadora para llegar a la meta.

Lo positivo de esta estrategia es que desarrolla la disciplina, la resiliencia y la gestión de los plazos o del tiempo. Y estas son cualidades que se le piden al protagonista de un cuento; hacer un largo viaje, matar algún que otro dragón, luchar contra alguien cercano… Si quiere conquistar a su príncipe o princesa. Pero también son los obstáculos que te requiere la vida diaria para llegar satisfecho a fin de mes. Lo menos positivo es que desarrolla un comportamiento reactivo en el persuadido, responde ante estímulos y mientras lo hace su proactividad queda inhibida. En cuanto al planteamiento, esta estrategia desarrolla el comportamiento táctico, mientras la “promesa” el comportamiento estratégico.

Esta estrategia coercitiva es recomendable cuando su finalidad es provocar el esfuerzo para llegar a la consecución de la meta y así cambiar la cara de sufrimiento, angustia y dolor por la de felicidad, satisfacción y la seguridad que da sentirse “en forma”.

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