Los Buenos Principios II.

En el principio de una presentación el auditorio mira al escenario, a la luz, a ver qué pasa, está expectante… Dejémosles que resuelvan sus inquietudes, su expectativa, sus preguntas.

Mi consejo es aparecer justo en medio del escenario, el punto exacto desde el que todos puedan verte. Y en ese punto mirar a todos con una sonrisa en la cara, con el sentimiento interno de que agradeces que hayan venido. Notando tu propia respiración, contando internamente los latidos de tu corazón hasta 7 (si cuentas despacio hasta 10, si lo aguantas, eres un valiente).

En ese justo instante aparece el sonido de tu voz, esa palabra que tienes que tener preparada como la bala en la recámara antes de un duelo (tienen cierta similitud). La primera palabra es fácil; buenos días, buenas tardes o buenas noches, pero la siguiente es la verdaderamente importante. Hay quien opta por el tema: “hoy vengo a hablaros”, lanzan el título de la ponencia o la leen en la primera diapositiva que ya está proyectada en pantalla… Mi consejo es empezar por el principio, una vez más, decirles quién tienen delante, quién eres.

Tengo que reconocer que los que tenemos apellidos raros contamos con una ventaja, porque son verdaderos llamadores de atención, pero los apellidos comunes también tienen su gracia. Si te llamas Juan García Pérez, también puedes decir que eres de padre griego y madre polaca, se entiende… La verdadera dificultad viene cuando tus padres ya te hicieron la broma en la pila bautismal, por ejemplo, yo estudié con un tal Julio Romero de Torres, he tenido un vecino que se llama Cristobal Colón… Para ellos es difícil presentarse sin hacer una mención especial a sus padres.

En los inicios se produce el primer “posicionamiento” psicológico entre el ponente y su auditorio. Se trata de sensaciones y emociones que se encienden, lo cual significa que otras se inhiben, y que hace que todos (los unos y el otro) vayan tomando decisiones. Si el ponente provoca cercanía, alegría, interés… los receptores de atención se activan. La verdadera cuestión es que estos “posicionamientos” se consiguen por aspectos personales (de aquellas cosas que compartimos las personas desde siempre y que activan “arcos reflejos”) y no por los aspectos puramente racionales, objetivos y fríos.

Por tanto, es necesario responder, aunque sea brevemente, a las preguntas silenciosas que tiene el auditorio: “¿me cae…?”,  “¿éste/a quién es? ¿a qué ha venido? ¿esto me afecta? ¿qué utilidad espero?… También hay quien se pregunta ¿cuánto va durar? Estos suelen suponer un reto añadido para el ponente, porque suelen querer obtener sin dar.  Se les requiere atención y que quiten el freno psicológico de “me opongo”; disponen de un discurso interno negativo muy activo y la única manera es sorprenderlos es lanzarles un mensaje directo, esto es, “cambiarles de pista”.

En las situaciones de comunicación, como es una presentación, hay una relación directa entre lo que aportas (en el silencio de tu discurso interno) y lo que obtienes. Desde el principio hay que hacerle consciente al auditorio que también está en su mano obtener la mayor utilidad posible. Para que valoren lo que les aportamos debemos hacer que se “cuestionen” planteamientos internos, y como técnica para lograrlo es necesario lanzar buenas preguntas retóricas. Os estaréis preguntando ¿y qué más? Pues más, la semana que viene. Muchas gracias.

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