Que mal trago

No vuelvo a hacer una ponencia si no está mi equipo delante. Cuando finalizo necesito que me digan que he estado genial, si no me entra desasosiego. Un poco de objetividad siempre viene bien.

Esta vez ha habido una persona que bostezaba en la primera fila, en la última lo entiendo pero ¿en la primera? Que ingrato, me había dejado el alma en la presentación, tenía al menos 100 horas de PowerPoint.

Desde luego ¡qué público! Se acerca uno y me dice: “un poco aburrida ¿no cree?”. Claro, ¡como ahora la gente está todo el día viendo series y comedias! Confunden la profundidad de pensamiento con el número de capítulos.

Otro me dice: “qué, mejor si sonríe alguna vez… ¿no?”. Me he quedado con ganas de decirle:  “lo que yo cuento es muy serio, al menos para mí. ¡Igual es que tu no lo entiendes!”. Pero soy muy educado y le he sonreído.

Y para terminar de rematarlo me han dicho que vea monólogos, que me vendrá bien. ¡Como si yo tuviera tiempo para eso! Además, sería inútil, yo nací así de serio, mi tope de sonrisa es nivel La Gioconda. Y si estoy con gente me pongo muy tenso, tanto que en lugar de humano parezco un muñeco de los PowerRangers.

Mi objetivo es que piensen, que no hablen entre ellos y que no hagan preguntas. Claro, entendería su actitud si yo diera charlas, no vería mal que hablaran entre ellos, pero yo hago ponencias, que significa: “Yo hablo y los demás hacen las reverencias”.

Pero si veo que bostezan me siento como una col de Bruselas en la mesa de un murciano, intentando justificarme.

Tampoco ha sido buena idea utilizar las gafas de cristales tintados, la gente hacía apuestas sobre cual de los dos ojos era el morado. Si supieran que lo hice por sentirme más cerca de ellos, como si estuviéramos en la intimidad.

El final fue un poco rápido, creo que dije: “muchas gracias” y ya, igual esperaban más, pero era el cierre, no la carta de postres.

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